Digo, “que…que…, mi…mi medalla…” señalando hacía una familia que se alejaba por la calle en dirección contraria a la nuestra, ¿Qué pasa con la medalla? Me preguntó mi tía. Me miró al cuello ¿¡Dónde está tu medalla!?
Ya habíamos cruzado al otro lado y era una avenida muy ancha, ahora había que esperar a que el semáforo cambiara de nuevo para ir detrás de la niña. Mi tía estaba nerviosa viendo que el semáforo tardaba en ponerse verde y que la niña y sus padres se alejaban.
¿Pero por qué no me lo has dicho antes? Yo balbuceaba sin saber que decir, sometida a ese tercer grado y sin entender lo que había sucedido. Yo prefería perder la medalla de mi primera comunión a tener que enfrentarme a la situación de abordar a la niña y pedírsela, tal era mi timidez en esa época y la situación tan surrealista.
En cuanto se abrió el semáforo mi tía salió corriendo detrás de la familia, yo la veía desde el otro lado del semáforo, haciendo ademanes y después de darles algunas explicaciones volvió con mi medalla, y otra vez la cantinela de porqué no se lo había dicho antes, que podía haber perdido la medalla, etc. Yo me encogía de hombros.
Cuando llegamos a casa…, mi madre y mi tía. “Esta niña está “carajotá”, palabra muy usada en Cádiz para decir que alguien esta atontado o sea en mi caso en la edad del pavo, once o doce años.
¿Cómo llegó la medalla que yo llevaba colgada al cuello, a la horquilla del pelo de la niña? es un misterio. Y otro misterio ¿Como es que la niña no se había dado cuenta de que llevaba mi medalla colgando?. Por que la niña, siguió andando como si nada. ¡Que lo averigüe Monsieur Poirot!
muy buena anecdota jajajajaj
Me alegro de que te haya divertido.